En Defensa de la Fe


Medios para ayudar a las almas del Purgatorio - La Santa Misa - Religioso de Cîteaux liberado por la Hostia Salvadora - Beato Henri Suzo

Es la Sangre de Jesucristo la que se necesita para apagar las llamas con las que me consumo; es el Augusto Sacrificio el que me redimirá de estos espantosos tormentos.






Es la Sangre de Jesucristo la que se necesita para apagar las llamas con las que me consumo; es el Augusto Sacrificio el que me redimirá de estos espantosos tormentos.Es la Sangre de Jesucristo la que se necesita para apagar las llamas con las que me consumo; es el Augusto Sacrificio el que me redimirá de estos espantosos tormentos.




Capítulo 12 - Medios para ayudar a las almas - La Santa Misa - Religioso de Cîteaux liberado por la Hostia Salvadora - Beato Henri Suzo

No, de todo lo que se puede hacer en favor de las almas del Purgatorio, no hay nada tan precioso como la inmolación del Divino Salvador en el Altar.

 

Además de que ésta es la doctrina expresa de la Iglesia, manifestada en sus concilios, muchos hechos milagrosos auténticos no dejan lugar a dudas al respecto.

 

Ya hemos hablado de un religioso de Claraval que fue liberado del Purgatorio por las oraciones de San Bernardo y su comunidad. Este religioso, cuya cumplimiento de la regla había dejado que desear, se había presentado después de su muerte para pedir a San Bernardo una ayuda extraordinaria. El santo Abad, con todos sus fervientes seguidores, se apresuró a ofrecer oraciones, ayunos y misas por el pobre difunto.

 

Este último no tardó en ser liberado, y se le apareció lleno de gratitud a un anciano de la comunidad que se había interesado especialmente por él. Cuando le preguntó por el acto de expiación que más lo había beneficiado, en lugar de responder, cogió al anciano de la mano y le llevó a la iglesia donde en ese momento se celebraba la misa: "¡Aquí -dijo señalando el Altar- está el gran poder liberador que rompió mis cadenas, aquí está el precio de mi rescate: es la Hostia Salvadora que quita los pecados del mundo!

 

He aquí otro hecho, relatado por el historiador Fernando de Castilla y citado por el padre Rossignoli. En Colonia, entre los estudiantes de los cursos superiores de la universidad, había dos frailes dominicos de distinguido talento, uno de los cuales era el beato Enrique Suzo.

 

Los mismos estudios, el mismo estilo de vida y, sobre todo, el mismo gusto por la santidad, les habían llevado a formar una íntima amistad, y compartían entre sí los favores que recibían del Cielo.

 

Cuando terminaron sus estudios, y vieron que estaban a punto de separarse y volver a sus respectivos monasterios, acordaron y se prometieron mutuamente que el primero de los dos en morir sería asistido por el otro durante todo un año con dos Misas a la semana: los lunes, una Misa de Réquiem, según la costumbre, y los viernes, la Misa de la Pasión, hasta donde las rúbricas lo permitiesen. Se pusieron de acuerdo, se dieron el beso de la paz y abandonaron Colonia.

 

Durante varios años continuaron, cada uno por su cuenta, sirviendo a Dios con el más edificante fervor. El hermano, cuyo nombre no se menciona, fue el primero en ser llamado al Juicio Divino, y Suzo recibió la noticia con grandes sentimientos de sumisión a la voluntad divina.

 

En cuanto al compromiso que había adquirido, el paso del tiempo le había hecho olvidarlo. Rezó mucho por su amigo, se impuso nuevas penitencias y muchas obras santas en su favor, pero no pensó en celebrar las Misas acordadas.

 

Una mañana, mientras meditaba en una capilla, vio de repente aparecer ante él a su amigo difunto, quien, mirándole con ternura, le reprochó haber sido infiel a la palabra que había dado y aceptado, sobre la cual él tenía derecho de confiar con seguridad.

 

- El Beato, sorprendido, se disculpó por su olvido, enumerando las oraciones y mortificaciones que había hecho y seguía haciendo por su amigo, cuya salvación era tan preciosa para él como la suya propia.

 

“¿Es entonces, hermano mío -añadió-, que no te bastan tantas oraciones y buenas obras que he ofrecido a Dios por ti?” – “Oh, no, no, hermano mío -dijo el alma sufriente-, no, no me basta. Es la Sangre de Jesucristo la que se necesita para apagar las llamas con las que me consumo; es el Augusto Sacrificio el que me redimirá de estos espantosos tormentos. Te imploro, por tanto, que cumplas tu palabra y no me niegues lo que me debes en justicia”.

 

El Beato se apresuró a responder a su desdichado amigo que pagaría cuanto antes y que, para reparar su falta, celebraría y haría celebrar más misas de las que había prometido.

 

De hecho, al día siguiente y a petición de Suzo, varios sacerdotes, se unieron a él para subir al Altar por el difunto, y continuaron con este acto de caridad en los días subsiguientes. Al cabo de un tiempo, el amigo de Suzo se le apareció de nuevo, pero en un estado completamente diferente: tenía alegría en el rostro y le rodeaba una luz muy pura.

 

“Subo al cielo para contemplar a Aquel que tantas veces hemos adorado juntos bajo los velos eucarísticos". Suzo se postró para agradecer al Dios de Toda Misericordia, y comprendió más que nunca el inestimable valor del Augusto Sacrificio de nuestros Altares.






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