En Defensa de la Fe


Materia de la expiación – Motivo de  escándalo - Cuadro indecente - Padre Zucchi y la novicia

Quienes han tenido la desgracia de dar un mal ejemplo y de perder o de herir almas por haber sido motivo de escándalo, deben cuidar en reparar todo en este mundo, si no quieren sufrir una terrible expiación en el otro. No fue en vano que Jesucristo clamó: ¡Ay del mundo por sus escándalos! ¡Ay de aquel por quien viene el escándalo!




Quien ha tenido la desgracia de dar un mal ejemplo y de perder almas,por haber sido motivo de escándalo, debe cuidar en reparar todo en este mundo,si no quiere sufrir una terrible expiación en el otroQuienes han tenido la desgracia de dar un mal ejemplo y de perder o de herir almas por haber sido motivo de escándalo, deben cuidar en reparar todo en este mundo, si no quieren sufrir una terrible expiación en el otro. No fue en vano que Jesucristo clamó: ¡Ay del mundo por sus escándalos! ¡Ay de aquel por quien viene el escándalo!





Capítulo 31 - Materia de la expiación – Motivo de  escándalo - Cuadro indecente - Padre Zucchi y la novicia

Quienes han tenido la desgracia de dar un mal ejemplo y de perder o de herir almas por haber sido motivo de escándalo, deben cuidar en reparar todo en este mundo, si no quieren sufrir una terrible expiación en el otro. No fue en vano que Jesucristo clamó: ¡Ay del mundo por sus escándalos! ¡Ay de aquel por quien viene el escándalo!

 

Esto es lo que relata el P. Rossignoli en sus Maravillas del Purgatorio.

 

Un pintor de gran talento y además de una vida ejemplar, había pintado hacía tiempo un cuadro que no se ajustaba a las severas leyes de la modestia cristiana. Era uno de esos lamentables cuadros que, con el pretexto de ser una obra de arte, se encuentran de cuando en vez exhibidos en las casas de las mejores familias, y cuya observación provoca la pérdida de tantas almas.

 

El verdadero arte es una inspiración del cielo, que eleva el alma a Dios; el artista, cuya obra se dirige solo a los sentidos, que presenta a los ojos solo las bellezas de carne y hueso, no recibe inspiración sino del espíritu inmundo. Sus obras, en apariencia brillantes, no son obras de arte, sino que están falsamente adornadas con tal calificativo; son producciones infames, fruto  de una imaginación desenfrenada.

 

- El pintor del que hablamos había cedido en este punto y había llegado a dar mal ejemplo. Pronto, sin embargo, había renunciado a este dañino género artístico y se había obligado a hacer solo cuadros religiosos, o al menos perfectamente irreprochables. Acababa incluso  de pintar un cuadro grande en un monasterio de Carmelitas Descalzos, cuando fue afectado por una enfermedad fatal.

 

Sintiéndose agonizante, pidió al Padre Prior el favor de ser enterrado en la iglesia del monasterio, y legó a la comunidad el producto de su obra, dejando el encargo de celebrar misas por su alma. Murió piadosamente; pasaron varios días, y un religioso, que se había quedado en el coro después de los maitines, vio aparecer el alma del artista en medio de las llamas, profiriendo dolorosos gemidos.

 

 - El religioso dijo: "¡Qué hermano mío!, ¿tienes tantas dificultades que soportar después de una vida tan cristiana y de una muerte tan santa?” – El artista respondió: “¡Pobre de mí!, se debe a un cuadro indecente que pinté en el pasado. Cuando me presenté ante el tribunal del Soberano Juez, una multitud de acusadores vino a testificar en mi contra; declararon haber sido asaltados por malos pensamientos y malos deseos por culpa de mi cuadro indecente, salido de mi pincel.

 

Por causa de tan malos pensamientos que yo había causado, algunos estaban en el Purgatorio, otros en el Infierno. Exigieron venganza, diciendo que, habiendo sido yo la causa de su eterna condena, merecía al menos el mismo castigo. - Entonces la Santísima Virgen y los Santos a quienes había glorificado con mis cuadros, tomaron mi defensa. Le manifestaron al Juez Supremo que aquel lamentable cuadro había sido una obra realizada en mi juventud, de la que yo me había arrepentido y de la cual había posteriormente hecho reparación merced a una multitud de cuadros religiosos que habían sido fuente de edificación para las almas.

 

Ante estas razones de parte y parte, el Juez Soberano decidió que, debido a mi arrepentimiento y a mis buenas obras, sería exento de la condenación eterna, pero a la vez estaría condenado a sufrir en estas llamas, hasta que el maldito cuadro no fuese quemado, para impedir que siguiese siendo un motivo de escándalo”.

 

Por lo tanto, la pobre alma le rogó al religioso carmelita que tomara las medidas necesarias para destruir el cuadro. "Se lo ruego”, agregó, “vaya en mi nombre a donde fulano de tal, dueño de dicho cuadro; cuéntele en qué condición me encuentro por culpa de semejante cuadro que pinté cediendo a sus peticiones, y suplíquele que haga el sacrificio de destruirlo.

 

Si se niega, ¡ay de él! Además, para demostrarle que todo esto es verdad, y para castigarlo a él mismo por su falta, dígale que en breve término perderá a sus dos hijos. Si se niega a obedecer las órdenes de Aquel que nos creó a los dos, la pagará con su muerte prematura.

 

“El monje no tardó en hacer lo que le pedía el pobre artista y se dirigió al dueño del cuadro. Este último, al enterarse de todo ello, agarró el lienzo y lo arrojó al fuego. Sin embargo, según lo dicho por el difunto, perdió a sus dos hijos en menos de un mes. El resto de sus días se dedicó a hacer penitencia por el mal que había cometido al haber solicitado y guardado en su casa este cuadro indecente.

 

Si tales son las consecuencias por un cuadro impúdico, ¿cómo serán castigados los escándalos desastrosos ocasionados por malos libros, periódicos malos, malas escuelas y malas conversaciones? ¡ Voe mundo a scandalis! ¡Voe homini illi per quem scandalum venit! ¡Ay del mundo por sus escándalos! ¡Ay del hombre por quien llega el escándalo!

 

El escandalizar causa estragos en las almas porque seduce la inocencia. ¡Ah! los malditos seductores! Le darán a Dios una terrible cuenta por la sangre de sus víctimas.

 

Esto es lo que leemos por cuenta del historiador Daniel Bartoli, de la Compañía de Jesús, en Vida del Padre Nicolás Zucchi. El santo y celoso padre Zucchi, fallecido en Roma el 21 de mayo de 1670, había iniciado en los caminos de la perfección a tres jóvenes, las cuales se consagraron a Dios para llevar vida conventual.

 

Una de ellas, antes de renunciar al mundo, había sido pretendida en matrimonio por un joven señor. Luego de que ella ingresase al noviciado, este señor, en lugar de respetar tan santa vocación, siguió dirigiendo cartas a quien quería llamar su novia, invitándola a que abandonara, como él lo decía, “el triste servicio de Dios” y que se dedicara en cambio a “las alegrías de la vida”.

 

El Padre, habiéndose encontrado con él un día en la calle, le suplicó que detuviera esa persecución: "Le aseguro", agregó, "que pronto va a comparecer ante el tribunal de Dios, y ya es hora de que se prepare, a través de una sincera penitencia”. En efecto, quince días después, este joven murió, habiendo sido tomado por sorpresa por una muerte súbita, la cual le dejó poco tiempo para poner en orden su conciencia, lo que hacía temer por su salvación.

 

Una noche, cuando las tres novicias estaban dedicadas juntas a estudiar las cosas de Dios, la más joven fue llamada a la sala de visitas. Allí encontró a un hombre, envuelto en una gran capa, el cual caminaba con grandes pasos. - "Señor", dijo ella, "¿quién es usted? y porque me mandó llamar?” - El extraño, sin contestarle, se acerca y retira el misterioso manto que lo cubre.

 

La monja reconoce entonces al infortunado fallecido, y ve con terror que está completamente rodeado por sogas de fuego, que le aprietan el cuello, las muñecas, las rodillas y los tobillos. “¡Reza por mí!” gritó el hombre, y se marchó.

 

Esta milagrosa manifestación demostró que Dios se había compadecido de esa pobre alma en el último instante; que no había sido condenado, pero que tuvo que pagar por sus intentos de seducción con un horrible purgatorio.






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