La Incertidumbre de la Muerte

“¡Cuántos mueren diariamente sin haber siquiera sospechado que ese día que murieron sería el último de su vida!


¡Cuántos hay que, sin saber cuándo han de morir, viven su vida en pecado con la falaz esperanza de convertirse en el último momento!


Si nos hallamos en pecado mortal y repentinamente somos arrebatados de este mundo, sin posibilidad siquiera de decir “perdón, Dios mío”, ¡todo estará perdido!, ¡no habrá remedio para nosotros! ¡nuestra alma será condenada por toda la eternidad!


Por eso, hagamos la resolución de vivir todos los días de nuestra vida como si fuera el último día.


Propongámonos, al momento de hacer nuestras oraciones de la mañana, pensar que tal vez podría ocurrir que no lleguemos a la tarde o a la noche.


De igual manera, por la noche, al hacer nuestras oraciones antes de ir a descansar, consideremos que podría ser que no amanezcamos.


Cuando viajemos, tengamos presente que podríamos no volver a casa.


Siempre que hagamos alguna oración, recémosla como si fuera la última de nuestra vida”.



Apocalipsis 16:15 "He aquí, yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela, y guarda sus vestiduras, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza".Apocalipsis 16:15 "He aquí, yo vengo como ladrón. Bienaventurado el que vela, y guarda sus vestiduras, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza".



El siguiente es un extracto de las reflexiones del Padre Pío Vázquez sobre la incertidumbre de la muerte, a la luz del terremoto acaecido en Colombia el 10 de agosto de 2026:



La Muerte, la incertidumbre de su momento y demás circunstancias

Queridos fieles:


Queremos hablar de un tema muy importante para nuestra vida espiritual, tomando como pie el acontecimiento que recientemente golpeó duro a Colombia, a saber, el devastador terremoto que sacudió el país el pasado 10 de agosto.


Este devastador suceso, que cobró la vida de muchas personas nos debe llevar a meditar en algo fundamental: la muerte, y más en concreto, la incertidumbre de la muerte, lo incierto que es el momento en que ha de ocurrirnos, así como sus demás circunstancias.


La Muerte, queridos fieles, es uno de los novísimos de las postrimerías (*); es, en efecto, la primera realidad con la cual todo hombre, tarde que temprano, se ha de enfrentar al final de su tiempo en la Tierra: todos moriremos algún día. Cada día que pasa nos acercamos más a ese definitivo momento en que nuestra alma se separará del cuerpo y en el cual deberemos dar cuenta a Dios de todo cuanto hayamos hecho durante la vida terrena.



(*) ¿Qué son los Novísimos?

Los cuatro Novísimos o Postrimerías del hombre son:


  • La Muerte: El fin de la vida terrenal y la separación del alma del cuerpo.


  • El Juicio: El juicio particular inmediato tras la muerte y el Juicio Universal al final de los tiempos.


  • El Infierno: El estado de condenación eterna para quienes, al momento de la muerte, se encuentran en pecado mortal sin arrepentirse.


  • La Gloria (Cielo): El estado de bienaventuranza eterna y la visión beatífica de Dios al que tienen acceso las almas que, al momento de la muerte, no se encuentran en pecado mortal. No obstante, dependiendo de las faltas cometidas en vida, dichas almas, tendrían que pasar un tiempo en el Purgatorio, en reparación por tales faltas, antes de acceder a ese estado de bienaventuranza eterna y a la visión beatífica de Dios.



Ignoramos por completo cuando nos ha de sobrevenir la Muerte

Pero, si bien la muerte es absolutamente cierta —moriremos algún día—, tiene un aspecto incierto, a saber, ignoramos totalmente cuándo haya de sobrevenirnos la muerte, ni sabemos o tenemos idea de cómo será: ¿muerte repentina o después de una larga enfermedad?, ¿solo y abandonado de todos, o acompañado de mis seres queridos?, ¿con asistencia sacerdotal, con los últimos Sacramentos, o sin ellos?; y la pregunta más acuciante: ¿estaré en gracia de Dios o en pecado mortal?


Como decíamos, el terremoto que sacudió al país, es como un remezón que nos debe hacer meditar enormemente en esto. Pues, en verdad, ¡qué cosa más terrible! Pensar que todas esas personas que perecieron en el terremoto, en un momento estaban llenas de vida, de vitalidad, de sueños, planes, etc., y en el momento siguiente yacían bajos escombros, sin vida. ¡Todo imprevisto!


Los terremotos son realmente devastadores y totalmente impredecibles; de un momento a otro la tierra bajo nuestros pies se está moviendo con furor. Y todos debemos ser muy conscientes de que cualquiera de nosotros hubiera podido perecer ese día; es por misericordia de Dios que no fue así.



¿Por qué permite Dios que vivamos en la incertidumbre en torno a nuestra muerte?

Mientras nosotros mortales vivimos en la incertidumbre de la Muerte, Dios, por el contrario, como Dueño de nuestras vidas y de la Historia, desde toda la eternidad ha determinado el año, el mes, día, la hora y el instante mismo en que habremos de morir.


Pero, ¿por qué nos deja Dios en semejante incógnita? La respuesta es, entre otras cosas, para que estemos SIEMPRE preparados a bien morir. Por eso Cristo Nuestro Señor, en el Apocalipsis (16,15) nos dice, “Vengo como ladrón”, esto es, en momento desconocido, incierto; y nos advierte también en el Evangelio que, “A la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre” (San Mateo 24,44).


Dios quiere que vivamos en todo momento en gracia, siempre listos para afrontar la muerte cuando sea que nos llegare. Pues, tan perverso y malo es nuestro corazón que, si supiéramos cuándo habríamos de morir, la mayoría sería capaz de esperar hasta el último momento, viviendo en pecado y ofendiendo a Dios.


¡Cuántos hay que, sin saber cuándo han de morir, viven su vida en pecado con la falaz esperanza de convertirse en el último momento! ¿Cómo sería si supieran exactamente cuándo habrían de morir? Por esto Nuestro Señor nos deja en este misterio, para que estemos siempre en guardia, siempre preparados.



La Muerte es Imprevista

Por otra parte, hay algo más a considerar y es que la mayoría de las muertes —si no es que casi todas— acaecen de manera imprevista. Casi todos los que mueren fallecen sin haberlo visto venir.


¿A qué se debe esto? A que, a pesar de que todos sabemos que algún día moriremos y que sabemos que esto podría ocurrir en cualquier momento, tendemos a no querer pensar en ello, no pensar en la muerte, sino mirarla muy a lo lejos, pensando que falta mucho para ese momento:


“soy muy joven, tan sólo tengo 20 años”; “estoy en los 50, me queda vida todavía”; “tengo mis 70 años, pero seguro aguanto todavía”, etc.


En efecto, incluso los que ya son bastante avanzados en edad, y hasta los que padecen enfermedades graves, se suelen figurar que todavía han de vivir “3 o 4 años más”. Prácticamente nadie está pensando, meditando, que podría morir pronto, en realidad en cualquier momento. Por ello la mayoría muere de manera imprevista.


Basta que echemos un vistazo: ¡Cuántos mueren diariamente sin haber siquiera sospechado que ese día que murieron sería el último de su vida! Y vaya si no hay formas inesperadas de morir: el terremoto que nos atañe; accidentes de tránsito; un infarto; un derrame cerebral; un atraco; cuántos no se tropiezan, caen y se golpean de tal manera que mueren; algunos van a dormir y no amanecen...


En definitiva, la muerte nos puede sobrevenir en cualquier momento y seguramente será en el momento más imprevisto, en el momento menos esperado: “a la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre” (San Mateo 24,44).



Cómo tener Buena Muerte

Entonces, la gran pregunta, la que debemos hacernos todos los días, la que incluso debe martillarnos la cabeza y hasta quitarnos el sueño es: cuando me llegue la hora de la muerte, ¿estaré en gracia de Dios o me hallaré en pecado mortal? ¡Porque de ello depende todo!


De la forma como nos hallemos en ese instante postrero, depende si seremos eternamente felices en el Cielo o si seremos para siempre desgraciados y miserables en el Infierno. ¡Ésa es la cuestión clave!


Si morimos de manera repentina, inesperada, sin posibilidad de acceder a un sacerdote, a los Sacramentos, estando solos, pero estando en gracia de Dios, ¡habremos salvado el alma! Pero si —lo que Dios no quiera—, estando en ese trance, nos hallamos en pecado mortal y repentinamente somos arrebatados de este mundo, sin posibilidad siquiera de decir “perdón, Dios mío”, ¡todo estará perdido!, ¡no habrá remedio para nosotros! ¡nuestra alma será condenada por toda la eternidad!...



“¡Padre, no hable así que asusta!”

A propósito del tema nos dicen: “¡Padre, no hable así que asusta!”. Yo respondo: “Quiera Dios que pudiésemos concebir un sano temor que nos lleve a vivir cristianamente, católicamente”.


San Pablo (Filipenses 2,12) nos dice que “debemos obrar nuestra Salvación con temor y temblor” ... Si solemos vivir en pecado mortal, debemos temer y temer muchísimo, no sea que la muerte nos sorprenda en ese desdichado estado.



¿Qué debemos hacer entonces?

La respuesta es siempre: si queremos tener Buena Muerte, morir en gracia de Dios y salvarnos, debemos vivir siempre preparados, siempre en gracia de Dios.


Como decíamos antes, para que vivamos siempre preparados, siempre en gracia de Dios, Nuestro Señor nos encubre la hora de la muerte.


El árbol cae hacia el lado en que está inclinado. Si habitualmente vivimos en gracia de Dios, en oración, guardando los mandamientos, tratando de veras de mejorar y crecer en virtud y santidad, huyendo y apartándonos de las ocasiones de pecar; si vivimos de esta manera, podemos tener certeza moral de que, cuando nos llegue la muerte, en la forma y momento que sea, estaremos en gracia de Dios, preparados, y por tanto nos salvaremos.


Si, por el contrario, vivimos habitualmente en estado de pecado mortal, dejando pasar largas temporadas sin confesarnos, o pecando constantemente de manera grave a pesar de las confesiones, dados a las cosas del mundo, sin hacer oración o muy escasa, sin hacer verdaderos esfuerzos por santificarnos, sin apartarnos de las ocasiones de pecado … si así obramos y vivimos, lo más probable es que, cuando la muerte venga a cortar el fino hilo de la vida, nos hallemos en pecado mortal y nos condenemos, sin remedio, por toda la eternidad.


Lo podemos resumir diciendo: ¡Como vivamos, así moriremos! Si vivimos católicamente, tendremos Buena Muerte; si vivimos según el mundo y el pecado, tendremos muerte desdichada.



Meditar en la Muerte nos aparta del pecado

Meditemos mucho en la incertidumbre de la muerte y en sus circunstancias. Dice la Sagrada Escritura en el Libro del Eclesiástico: “acuérdate de tus postrimerías y no pecarás jamás” (Eclesiástico 7, 40).


En efecto, de la frecuente meditación de este tema de la Muerte (de su realidad, de lo incierto del momento y de cómo allí se define, bien sea la eternidad feliz o por el contrario la condenación irremediable de nuestra alma) y ayudados de la gracia de Dios, podemos sacar fuerzas enormes para no pecar y vivir virtuosamente.


Nos preguntamos: ¿Quién puede pensar asiduamente estas cosas y al mismo tiempo ser insensato, manteniéndose en estado de pecado mortal? ¿Quién que esté en pecado mortal y al mismo tiempo considere que en cualquier momento se puede condenar, si la muerte lo sorprende en ese estado, no corre a confesarse o a tirarse de rodillas a hacer un acto de perfecta contrición?


En este mismo sentido, una consideración poderosa para no pecar, es el pensamiento de la Muerte. La próxima vez que el demonio nos tiente a pecar gravemente, soplándonos al oído que, “luego lo confesaras”, respondámosle, “y, si me muero antes de poder ir a confesarme, ¿qué será de mí?”. El demonio podría contraatacar susurrándonos: “eso no te pasará”. Respondámosle: “¿y si sí me pasa?... ¡Cuántos no han sido muertos por Dios, con justicia, en el momento mismo en que se recreaban en placeres pecaminosos, en el momento mismo que pecaban! Eso también nos podría pasar y no habría remedio entonces para nosotros” ...



Con respecto a la salvación de nuestra alma, tomemos todas las previsiones

En definitiva, meditemos mucho en todas estas cosas y tomemos las precauciones necesarias.


Es tan triste ver que, para el cuerpo, para lo terrenal, sí somos muy precavidos, muy “avispados”, pero para lo eterno, para la salvación de nuestra alma, obramos como los más imprudentes, como unos locos.


¡Cuántas previsiones, cuántas precauciones se toman para evitar desgracias materiales, para evitar robos, pérdidas de la fortuna, para conservar la salud!, etc., pero cuando se trata del alma no hacemos nada; o peor, ¡hacemos exactamente todo lo contrario a lo que deberíamos!



¡Vivamos cada día como si fuera el último de nuestra vida! Dios tiene la Última Palabra

Hagamos la resolución de vivir cada día como si fuera el último de nuestra vida. Tratemos de meditar frecuentemente en el novísimo de la Muerte.


Propongámonos, al momento de hacer nuestras oraciones de la mañana, pensar que tal vez podría ocurrir que no lleguemos a la tarde o a la noche.


De igual manera, por la noche, al hacer nuestras oraciones antes de ir a descansar, consideremos que podría ser que no amanezcamos.


Cuando viajemos, tengamos presente que podríamos no volver a casa.


Siempre que hagamos alguna oración, recémosla como si fuera la última de nuestra vida.


Si sentimos pereza de rezar (el Santo Rosario, por ejemplo) y deseamos aplazarlo, dejarlo para otro día, pensemos que podría suceder que ese día no llegue.


Pensemos y meditemos: si hoy mismo fuésemos a morir, si en este momento mismo nos hallásemos en nuestro lecho de muerte, ¿qué cosas hubiésemos deseado hacer para hallarnos más tranquilos ante el inminente Juicio de Dios? Y eso que pensemos como resultado de tal meditación, pongámoslo desde ya por obra; no esperemos al momento de morir, que entonces será demasiado tarde.


Meditemos, pues, todas estas cosas, y pidamos a la Santísima Virgen María nos alcance a todos la gracia inmerecida de una Buena Muerte, de que nos hallemos en gracia de Dios el día que nos toque salir de este mundo.


Ave María Purísima.



Aprovechemos esta importantísima reflexión para la salvación de nuestra alma, en la propia voz del Padre Pío Vázquez:



Incertidumbre de la Muerte




Ir al índice de “Herramientas para salvar el alma”