La liturgia del Jueves Santo está embebida en el recuerdo de la Redención, y sobre todo conmemora la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio Católico.
Esta misa realiza de un modo muy especial la orden dada por Jesús a sus sacerdotes de renovar la última Cena en que Jesús, en los momentos mismos en que tramaban su muerte, inventó el secreto de perpetuar entre nosotros Su presencia. Por eso la Iglesia, suspendiendo un instante su duelo, celebra el santo Sacrificio de este día, con santo júbilo, reviste a sus ministros con ornamentos blancos y festivos, y canta el Gloria al vuelo de campanas, las cuales enmudecerán hasta el Sábado santo.
En la epístola, después de censurar el Apóstol ciertos abusos que habían surgido del uso, luego abolido, de tener el banquete eucarístico después de otra comida, como lo había hecho Jesús, nos dice que la Misa es el "Memorial de la muerte de Jesús".
Era necesario el sacrificio del altar para que pudiésemos comulgar la Víctima del Calvario y aplicarnos Sus méritos.
Y así la Eucaristía que toma todo su valor del Sacrificio de la Cruz, le comunica a su vez una universalidad de tiempo y de lugares que no tenía.
En el Evangelio, el mismo Salvador se encarga de hacer las abluciones prescritas por los Judíos en el curso del festín, mostrándonos con ello la pureza y la caridad que Dios exige a los que quieren comulgar, para no exponerse como Judas a ser reos del Cuerpo y Sangre del Señor.
Participemos todos hoy de este Ágape, de este festín de caridad. Esa es la intención de nuestra santa Madre Iglesia, cuando manda que sus mismos sacerdotes, en vez de celebrar en este día, se acerquen al Banquete eucarístico todos juntos, a imitación de los Apóstoles.
No dejemos de ir a recibir en este Jueves Santo la sagrada Víctima que se inmola en el altar, y así cumpliremos santamente con nuestro deber pascual.
(Tomado del "Misal Diario y Vesperal" por Dom Gaspar Lefèbvre, O.S.B.)
La liturgia del Jueves Santo está embebida en el recuerdo de la Redención, y sobre todo conmemora la institución de la Eucaristía y del Sacerdocio Católico.
Esta misa realiza de un modo muy especial la orden dada por Jesús a sus sacerdotes de renovar la última Cena en que Jesús, en los momentos mismos en que tramaban su muerte, inventó el secreto de perpetuar entre nosotros Su presencia.Veamos las dos lecturas de la Palabra de Dios, para este Jueves Santo:
Hermanos, cuando os reunís no es ya para celebrar la Cena del Señor; porque cada uno come allí lo que ha llevado para cenar, sin atender a los demás. Y así, mientras unos sufren hambre, otros comen con exceso. Pues qué, ¿no tenéis vuestras casas para comer y beber? O ¿venid a profanar la Iglesia de Dios y a avergonzar a los que nada tienen? ¿qué os diré de esto? ¿Os alabaré? En eso no os alabo. Porque yo aprendí del Señor lo que también os tengo ya enseñado: y es que el Señor Jesús, la noche misma en que había de ser traicionado, tomó el pan y dando gracias, lo partió y dijo: "Tomad y comed. Este es mi cuerpo que por vosotros será entregado a la muerte. Haced esto en memoria mía". Tomó asimismo el cáliz después de haber cenado y dijo: "Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi Sangre. Haced esto cuantas veces lo bebiereis en memoria mía". Pues todas las veces que comiereis este pan y bebiereis este cáliz, anunciaréis la muerte del Señor hasta que venga. Y así, cualquiera que comiere este pan o bebiere el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Por tanto, examínese a sí mismo el hombre, y entonces coma de aquel pan y beba de aquel cáliz. Porque quien le come y bebe indignamente, se come y bebe su propia condenación, no haciendo el discernimiento del cuerpo del Señor. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y flacos, y mueren muchos. Pues si antes nos juzgásemos, no seríamos juzgados por Dios. Si bien cuando lo somos, el Señor nos castiga como a hijos, con el fin de que no seamos condenados juntamente con este mundo.
La víspera del día solemne de Pascua, sabiendo Jesús que era llegada la hora de su tránsito de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos, que vivían en el mundo, los amo hasta el fin. Y así, acabada la Cena, cuando ya el diablo había sugerido al corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, el designio de entregarle, Jesús, sabiendo que el Padre le había puesto todas las cosas en sus manos, y que como había venido de Dios, a Dios volvía, se levanta de la mesa y se quita sus vestidos, y habiendo tomado una toalla, se la ciñe. Echa después agua en una jofaina, y se pone a lavar los pies de los discípulos y a limpiarlos con la toalla que se había ceñido. Viene a Simón Pedro y Pedro le dice: ¡Señor! ¿Tú lavarme a mí los pies? Le respondió Jesús: lo que Yo hago tú no lo entiendes ahora; lo entenderás después. Le dice Pedro: ¡jamás me lavarás Tú a mí los pies! Le respondió Jesús: Si no te lavaré no tendrás parte conmigo. Le dice Simón Pedro: ¡Señor! no solamente los pies sino las manos también y la cabeza. Jesús le dice: el que acaba de lavarse, no necesita lavarse más que los pies, estando como está limpio todo lo demás. Y en cuanto a vosotros, limpios estáis, más no todos. Como sabía quién era el que le había de hacer traición, por eso dijo: no todos estáis limpios. Habiéndoles ya lavado los pies y tomado otra vez su vestido, puesto de nuevo a la mesa les dijo: ¿sabéis lo que acabo de hacer con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si Yo, que soy el Maestro y el Señor os he lavado los pies, debéis también vosotros lavaros los pies unos a otros. Ejemplo os he dado, para que, así como Yo he hecho con vosotros, así lo hagáis también vosotros.
Aprovechemos las valiosas enseñanzas que el Padre Pío Vásquez nos comparte a continuación, con ocasión del Jueves Santo:
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