Seguimos leyendo el admirable libro de Job, tan saturado de sublime poesía como de saludables enseñanzas. Mediante él llegaremos también a comprender la Misa de hoy.
Job es el tipo del hombre justo, a quien el diablo orgulloso quiere humillar, para ver si logra rebelarlo contra Dios.
Pero sucedió lo contrario de lo que él quería y esperaba, pues, lejos de blasfemar contra el altísimo y de cocear rabiosamente contra el aguijón, besó sumiso y humilde la mano que le hería.
En Job tenemos todos los cristianos, un modelo perfecto del hombre humilde y resignado a la divina voluntad y muy pronto ensalzado en premio de su humildad y rendimiento (Evangelio).
El orgullo es un vicio detestable y odiosísimo por el cual el hombre busca elevarse más alto de lo que en realidad es, contra el dictado de la misma razón. Se funda en error e ilusión, al revés de la humildad, que se cimienta en la Verdad pura. El hombre que la posee tiene de sí un concepto exacto.
El humilde se tiene por poca cosa y se abaja hasta el suelo, reconociendo que, si hay algo en él, es puro don de Dios. Por ello no se engríe con riquezas y posesiones ajenas.
El soberbio viene a ser como el hidrópico del Evangelio, que repleto de malos humores, parece rebozar salud y fuerzas, cuando en realidad está enfermo y sólo merece lástima. Está inflado, e inflados de aire y de humo vano están también los soberbios: hinchazón que no es salud, sino peligrosa enfermedad.
La soberbia impide al hinchado la entrada en el Reino de los Cielos, cuya puerta se nos dice ser estrecha; por ella, con dificultad caben los ricos cargados de vanidades y tesoros, al igual que los soberbios.
Así que, lejos de infatuarnos con un orgullo y loca vanidad, procuremos ser humildes, pues se pone esto como condición absoluta para entrar en el Reino de los Cielos: "si no os hiciereis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos", dijo y repitió Nuestro Señor Jesucristo, la Verdad misma.
Es cierto que la dignidad del cristiano es muy grande, que somos muy ricos; pero todo lo debemos a la inmensa liberalidad de Cristo, el cual nos hizo grandes y ricos, haciéndose Él pobre y pequeñito.
Al Padre, que en su Hijo bendito nos dio todo lo mejor que tenía, sea la Gloria en Jesucristo y en la Iglesia por siempre jamás (Epístola). Cantémosle por ello un cántico nuevo (Aleluya), y que todas las naciones y reyes pregonen Su Gloria, porque Dios ha establecido a su pueblo en la celestial Jerusalén, al pueblo de los humildes, al cual destina a Su Beatífica Visión, y que será después el pueblo de los ensalzados, que en este mundo no tiene otra palabra en la boca sino aquella del Salmista: "no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a Tu Nombre debe darse gloria.
(Tomado del "Misal Diario y Vesperal" por Dom Gaspar Lefèbvre, O.S.B.)
"Cuando fueres convidado a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que haya allí otro convidado de más distinción que tú, y venga aquel que os convidó, y dirigiéndose a ti, te diga: deja a éste el sitio, y entonces tengas que ocupar el último lugar con vergüenza tuya. Pues, cuando fueres llamado, ve y siéntate en el último puesto, para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo sube más arriba. Entonces serás honrado delante de los demás comensales; porque todo el que se ensalza, será humillado, y el que se humilla será ensalzado".Veamos las dos lecturas de la Palabra de Dios, para el Dieciseisavo Domingo después de Pentecostés:
Hermanos, os ruego no desmayéis a causa de mis tribulaciones por vosotros; ellas son vuestra gloria. Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, del cual deriva toda paternidad en los cielos y en la tierra; para que, según las riquezas de su gloria, os dé firmeza en la virtud, por su Espíritu, en el hombre interior, para que Cristo more por la fe en vuestros corazones; estando arraigados y cimentados en caridad, para que podáis comprender con todos los Santos, cuál sea la anchura y largura, y la altura y profundidad de este misterio; y conocer también la caridad de Cristo, que excede a todo entendimiento; y así, seáis llenos de toda plenitud de Dios. Al que es poderoso para hacer todas las cosas más cumplidamente de lo que pedimos o entendemos, según la virtud que obra en nosotros, a Él sea la Gloria en la Iglesia y en Jesucristo, en todas las generaciones de los siglos de los siglos. Amén.
En aquel tiempo, al entrar Jesús un sábado a comer en casa de uno de los principales fariseos, le estaban acechando. Y he aquí que un hombre hidrópico se puso delante de Él. Y Jesús, dirigiendo su palabra a los Doctores de la Ley y a los fariseos, les dijo: ¿es lícito curar en sábado? Pero ellos callaron. Entonces, tomando Jesús aquel hombre de la mano, le sanó y le despidió. Dirigiéndose después a ellos, les dijo: ¿quién de vosotros hay que viendo su asno o su buey caído en un pozo no le saque luego, aún en día sábado? Y a esto no le podían replicar. Observando también cómo los convidados escogían los primeros asientos en la mesa, les propuso una parábola, diciéndoles: cuando fueres convidado a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que haya allí otro convidado de más distinción que tú, y venga aquel que os convidó, y dirigiéndose a ti, te diga: deja a éste el sitio, y entonces tengas que ocupar el último lugar con vergüenza tuya. Pues, cuando fueres llamado, ve y siéntate en el último puesto, para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo sube más arriba. Entonces serás honrado delante de los demás comensales; porque todo el que se ensalza, será humillado, y el que se humilla será ensalzado.
Aprovechemos las valiosas enseñanzas que Monseñor Fernando Altamira nos comparte a continuación, con ocasión del Dieciseisavo Domingo después de Pentecostés:
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