Diecinueveavo Domingo después de Pentecostés

En el Diecinueveavo Domingo después de Pentecostés, Jesús emplea la parábola del rey que tiene que llamar a nuevos convidados a las bodas de su hijo, porque los primeros rechazaron esa invitación. Dicha parábola es figura de la Iglesia, heredera de “ese posterior llamado” porque los primeros llamados, el pueblo escogido, rechazaron el mismo.


Veamos la correlación de lo que Jesús nos quiere enseñar hoy, con las lecturas del libro de Ester en Maitines.


Estudiemos brevemente esta figura, como venimos haciéndolo con otras del Antiguo Testamento. La situación de Israel, desterrado en Persia, llegó a ser sumamente precaria, reinando en Susa el rey Azuero. Solo la oración y la penitencia de la reina Ester y de Mardoqueo, su tío, fueron capaces de deshacer la horrenda carnicería que el feroz y envidioso Amán, mayordomo del rey, tenía urdidas contra los hebreos deportados.


Así sucedió que la horca para ellos dispuesta, sirvió de suplicio a Amán, pudiendo cantar una vez más Israel las misericordias de Dios con los suyos.


El ayuno de tres días, observado por Ester, es paralelo al de las Témporas, que por estos mismos días observan todos los buenos hijos de la Iglesia, desterrada en tierra ajena, y cuyos enemigos no son menos feroces y menos despiadados que los del antiguo pueblo de Dios.


Todo esto era figura del futuro, de lo que habría de suceder con su Iglesia, sobre todo en el fin de los tiempos, en el que arreciará furiosa la persecución. Amán, o sea el Anticristo, con todos sus esbirros, guerreará sin tregua contra la Iglesia, contra Ester y Mardoqueo. Pero en castigo de sus maldades, serán arrojados con ignominia del Banquete de las Bodas Eternas a las tinieblas del exterior, en medio de la noche oscura y fría que no tendrá fin (Evangelio), siendo la causa de esa reprobación el no entrar con el vestido nupcial, por no haberse revestido de ese “hombre nuevo”, creado a la imagen de Dios, y engalanado con justicia y santidad verdaderas (Epístola).


Así tratará Dios a cuantos entren en la “sala del festín”, sin ir revestidos con la túnica de la caridad (San Agustín), de la gracia santificante por la cual pertenecemos al alma de la Iglesia, ya que, por la fe, pertenecemos al Cuerpo Místico de Cristo.


El medio eficaz de evitar esa expulsión eterna del Cielo nos lo indica la Epístola. Es renunciar a la mentira y a la falsía y tener caridad, de manera que “jamás se nos ponga el sol guardando rencor en el corazón”.


Pidamos al Señor que, como Ester y Mardoqueo, estemos siempre como pegados a sus Divinos Mandamientos. Y así no tendremos que temer las terribles sanciones del “día postrero”, ni siquiera los escarmientos ejemplares que sufren muchos malos en el mundo, los engreídos como Amán, y los judíos, que, por no haber recibido a Cristo, fueron reemplazados por los paganos en las promesas hechas a Abrahán y sus descendientes. Y los que persistan en su infidelidad serán también arrojados del “banquete de las bodas eternas”, a las “tinieblas exteriores”, donde no habrá sino llanto y crujir de dientes (Evangelio).



(Tomado del "Misal Diario y Vesperal" por Dom Gaspar Lefèbvre, O.S.B.)



En el reino de los cielos, acontece lo que a cierto rey que celebró las bodas de su hijo. Y envió sus siervos a llamar a los convidados a las bodas, más no quisieron acudir. Envió de nuevo otros criados, diciendo: Decid a los convidados: “Mirad que ya he preparado mi banquete; mis toros y los animales cebados están ya muertos; todo está a punto. Venid a las bodas”. Más ellos lo despreciaron y se fueron, el uno a su granja y el otro a sus negocios, y los demás se apoderaron de los siervos, y después de haberles ultrajado, los mataron.En el reino de los cielos, acontece lo que a cierto rey que celebró las bodas de su hijo. Y envió sus siervos a llamar a los convidados a las bodas, más no quisieron acudir. Envió de nuevo otros criados, diciendo: Decid a los convidados: “Mirad que ya he preparado mi banquete; mis toros y los animales cebados están ya muertos; todo está a punto. Venid a las bodas”. Más ellos lo despreciaron y se fueron, el uno a su granja y el otro a sus negocios, y los demás se apoderaron de los siervos, y después de haberles ultrajado, los mataron.



Veamos las dos lecturas de la Palabra de Dios, para el Diecinueveavo Domingo después de Pentecostés:



Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Efesios (4, 23-28)

Hermanos, renovaos en el interior de vuestra alma, y revestíos del hombre nuevo que fue creado según Dios en justicia y en santidad verdadera. Por lo cual, dejando la mentira, hablad verdad cada cual con su prójimo, porque somos miembros unos de otros (siéndolo de un mismo cuerpo místico). Si os encolerizáis, no pequéis. El sol no se ponga antes de pasada vuestra ira. No deis cabida al diablo. El que hurtaba ya no hurte, antes bien trabaje con sus manos en obras honestas, para que tenga de dónde dar al que padece necesidad.



Evangelio según San Mateo (22, 1-14)

En aquel tiempo, hablaba Jesús a los príncipes de los Sacerdotes y a los Fariseos en parábolas, diciendo: En el reino de los cielos, acontece lo que a cierto rey que celebró las bodas de su hijo. Y envió sus siervos a llamar a los convidados a las bodas, más no quisieron acudir. Envió de nuevo otros criados, diciendo: Decid a los convidados: “Mirad que ya he preparado mi banquete; mis toros y los animales cebados están ya muertos; todo está a punto. Venid a las bodas”. Más ellos lo despreciaron y se fueron, el uno a su granja y el otro a sus negocios, y los demás se apoderaron de los siervos, y después de haberles ultrajado, los mataron. Enterado de ello el rey, se irritó, y enviando sus ejércitos, acabó con aquellos homicidas y puso fuego a su ciudad. Entonces dijo a sus siervos: las bodas están preparadas, más los antes convidados no han sido dignos. Id pues a las salidas de los caminos y a cuantos hallareis convidadles a las bodas. Habiendo salido sus siervos a los caminos, reunieron cuantos hallaron, malos y buenos. Y se llenaron las salas de convidados. Entró el rey para ver a los comensales y vio allí un hombre que no estaba con el traje nupcial. Y le dijo: Amigo ¿cómo has entrado aquí no teniendo vestido de bodas? Más él enmudeció. Entonces el rey dijo a sus ministros: atadlo de pies y de manos, arrojadlo fuera a las tinieblas. Allí será el llorar y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.



Aprovechemos las valiosas enseñanzas que Monseñor Fernando Altamira nos comparte a continuación, con ocasión del Diecinueveavo Domingo después de Pentecostés:



Paraguay, Hispanidad, Catolicismo




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