Estamos en el Décimo Domingo después de Pentecostés. Hay falsas humildades de las cuales pedimos a Dios nos libre, decía Santa Teresa, porque tan solo son disfraces que ocultan bajo la máscara, un orgullo refinado.
El domingo de hoy, en su liturgia, nos enseña a distinguir la humildad postiza de la que es auténtica y verdadera. Esta consiste en atribuir al Espíritu Santo, y no a nosotros mismos, nuestra santidad, ya que los actos del hombre, si llegan a ser sobrenaturales y a valer algo en orden a la Vida Eterna, son merced a la Gracia del Espíritu Santo que, desde el día de Pentecostés, sigue obrando la santidad en la tierra, en aquellos que no le desechan, ni le contristan, ni le extinguen, según la gráfica expresión de Apóstol.
Pero sucede que la primera disposición del alma para que en ella obre libre y eficazmente ese divino Espíritu Santo y santificador, es la Humildad; es encontrarla vacía, porque si la encuentra llena de sí misma, no hay lugar para Él. En ese caso Él se queda afuera, si bien junto a sus puertas, para llamarla a menudo, mediante Sus santas Inspiraciones.
Además, la primera condición para conseguir el Perdón de los Pecados es la Humildad, la cual reconoce la propia miseria y pide a Dios que limpie el alma con Su Gracia.
En esta semana tenemos en el Breviario, varios tipos de humildes y de orgullosos. Humilde fue el profeta Elías, y humilde el niño Joás, contrastando sus figuras con las de la impía Jezabel, la de Acab y la de su hija, la infame Atalía, tipos todos ellos repugnantes por su máxima arrogancia.
Vemos a Joás humillado y después ensalzado por Dios. Pero este fenómeno, tan frecuente, está aún mejor retratado en el Evangelio del día. No hay cosa que más asquee a Dios que la soberbia, y sobre todo la soberbia redomada del fariseo, al cual, ni sus mismas obras buenas le aprovechan, toda vez que las convierte en ponzoña, a causa de su dañada intención de lucir y aparentar ante el mundo.
Hay dos clases de hombres, dice Pascal: los pecadores que se tienen por culpables de todo, y los pecadores que nada de reprensible encuentran en sí. Pero, a la corta o a la larga, Dios humillará a estos y ensalzará a aquellos. Porque es ley que jamás deja de cumplirse: el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado (Evangelio).
Verdad que Dios es indulgente, y que amenaza más de lo que suele castigar, imitando en esto a las madres. Pero sepamos que “Dios no es burlado” y que se han dado ya muchos castigos y pavorosos escarmientos.
Aprendamos pues a ser manos y humildes de corazón. Esta es la gran, casi la única lección que quiso Jesús que aprendiésemos de Él. No nos dijo: aprended a creer mundos, como Yo los creé, o a resucitar muertos y obrar estupendos milagros. En nada de eso quiso que le imitásemos, sino en la mansedumbre y humildad. Pero humildad de corazón, que no consiste en fingimientos, ni en melindrosos encogimientos, sino en la Verdad, porque “la Humildad es Verdad” (Santa Teresa). La Humildad nos convence de lo poco que somos y de cómo seríamos todavía peores si el Señor Misericordioso no nos tuviera siempre de Su Mano. Guardemos en nuestra imaginación, profundamente grabada, la lección de humildad que se desprende de la parábola del Fariseo y el Publicano (Evangelio).
(Tomado del "Misal Diario y Vesperal" por Dom Gaspar Lefèbvre, O.S.B.)
En aquel tiempo dijo Jesús a ciertos hombres, que presumían de justos y despreciaban a los demás, esta parábola: dos hombres subieron al Templo para orar: uno fariseo y otro publicano. El fariseo, en pie, oraba en su interior de esta manera: “¡Dios, gracias te doy, porque yo no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, pago los diezmos de cuanto poseo!” El publicano, al contrario, puesto allá lejos, ni se atrevía a levantar los ojos al Cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “¡Dios mío, ten misericordia de mí, que soy un pecador!” Os digo que este es el que volvió justificado a su casa, más no el otro. Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado.Aprovechemos las valiosas enseñanzas que Monseñor Fernando Altamira y el Padre Pío Vásquez nos comparten a continuación, con ocasión del Décimo Domingo después de Pentecostés:
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