La Santa Misa para el Cuarto Domingo después de Pentecostés nos regala un pensamiento dominante: la confianza en Dios en medio de las luchas y trabajos de toda la vida. Este es igualmente el mensaje de la historia de David, leída hoy en el Breviario, así como también un episodio de la vida de San Pedro (cuya fiesta se avecina).
Vemos que, al reprobar Dios a Saúl, le dijo a Samuel que ungiese como rey de Israel al hijo más joven de José. Samuel, en efecto, le ungió, y desde aquel día el Espíritu Santo pasó a David, abandonando a Saúl. Arreció entonces la guerra contra los filisteos, apareciendo entre ellos un gigante llamado Goliat, que con altanería desafiaba al pueblo de Dios, diciendo: "Esclavos de Saúl, escogeos un campeón que venga a medirse conmigo".
Saúl y todo el pueblo hebreo estaban aterrados durante aquellos cuarenta días de continuas provocaciones y amenazas, hasta que el joven David se ofreció a Saúl para salir a pelear en singular y desigual batalla con el arrogante filisteo. "Vete, le dijo Saúl, y que el Señor sea contigo".
Y David, llevando por toda armadura un garrote y una honda, se enfrentó con el gigante. Este, al ver al jovenzuelo, le dijo: "¿Pero tú te has creído que soy yo algún perro para que vengas a mí con garrote?" Y le maldijo por todos sus dioses. "Vengo a ti, respondió David, en nombre del Dios de Israel que tú has insultado. Hoy mismo, sabrá toda la Tierra que Dios no salva ni por la espada ni por la lanza. Él es el dueño de la guerra, y da la victoria a quien le place".
Precipitose entonces el gigante sobre David, pero este le asestó con su honda uno de los cinco guijarros cogidos del vecino torrente; y dándole en la cabeza, derribó por tierra al coloso cubierto de hierro, sin que pudiera servirle de nada su enorme lanza.
Entonces David se acercó al gigante, ya exánime, y cortándole la cabeza, se la llevó al rey Saúl, cesando así el pavor y espanto de su pueblo. Con esto, los filisteos consternados, hubieron de declararse vencidos, y cesaron por entonces de hostilizar al Pueblo escogido de Dios.
Esos cuarenta días de lucha son una imagen de la presente vida, durante la cual, el pueblo cristiano tiene siempre que combatir contra Goliat y su ejército, o sea, contra el demonio y sus ángeles malos. Y con todo, este pueblo no podría salir vencedor si el verdadero David, que es Cristo, no se hubiese enfrentado con el demonio, llevando también el báculo de su pesada Cruz. Y le asestó el tiro en la frente, precisamente porque no llevaba en ella estampada la señal de la Cruz (San Agustín, segundo Noct.).
La armada de Israel es la Iglesia que sufre humillaciones y vejaciones de sus enemigos. Esta gime en espera de su liberación (Epístola) y pide al Señor, que es la Fortaleza de los desgraciados en el tiempo de la persecución (Aleluya), al Señor, que es su Refugio y su Libertador (Com.), que venga en su ayuda, no sea que el enemigo pueda decir ufano: "He podido más que ella".
"¡Ven Dios mío en mi auxilio, y líbrame por el honor de tu Nombre!" (Grad.). El Señor es mi Salvador, luego ¿qué puedo yo temer? ... (Int.) Viviré en la paz más cumplida y serviré a mi Dios con alegría (Or.).
El mismo Evangelio de hoy concurre a realzar esta idea madre de la liturgia en el Cuarto Domingo después de Pentecostés. Vemos a Pedro pescando en su barca, y a esta, no a las de los otros Apóstoles, sube Jesús para predicar.
Esta barca, llena de peces y bamboleada a merced de las olas, es figura de la Iglesia Santa de Dios, perseguida sin tregua desde su misma cuna, pero flotando siempre, porque en ella está el que tiene Poder sobre todos los huracanes y sobre todas las potestades humanas e infernales. "Hay peligro cuando hay poca fe. Pero en la Iglesia reina la seguridad, porque el amor es perfecto" (San Ambrosio, tercer Noct.).
Todos los Apóstoles recibieron la misión de ser pescadores de hombres, pero más todavía Pedro. Él es el principal encargado de librar a los hombres de los oleajes de este mundo, en que tanto peligran sus almas. Por eso, los decretos de los Sumos Pontífices, sucesores suyos (cuando son verdaderos Pontífices *), van todavía sellados con el anillo del Pescador.
"Pero, ¿qué nuevo arte de pescar es este, lanzar las redes al agua para salvar a los peces, cuando sucede que los peces mueren al ser sacados del agua por el pescador?"
A esta pregunta de San Juan Crisóstomo, responde San Gregorio que "las redes de los Apóstoles no matan a los que caen en ellas, sino que los conservan, y desde el fondo de abismo los hacen venir a la Luz". (Tercer Noct.).
Subamos, pues, a la barca de Pedro, y no tendremos, por qué temer a ningún "fuerte armado", a ningún Goliat. Fuera de ella, en cambio, todo lo podríamos temer, porque "fuera de la Iglesia no hay salvación posible. Extra Ecclesiam nulla salus".
*anotación del editor
(Tomado del "Misal Diario y Vesperal" por Dom Gaspar Lefèbvre, O.S.B.)
Esta barca, llena de peces y bamboleada a merced de las olas, es figura de la Iglesia Santa de Dios, perseguida sin tregua desde su misma cuna, pero flotando siempre, porque en ella está el que tiene Poder sobre todos los huracanes y sobre todas las potestades humanas e infernales. "Hay peligro cuando hay poca fe. Pero en la Iglesia reina la seguridad, porque el amor es perfecto"Veamos las dos lecturas de la Palabra de Dios, para el Cuarto Domingo después de Pentecostés:
Hermanos, creo que los sufrimientos de la presente vida no son comparables con la Gloria venidera, que se ha de manifestar en nosotros. Así las criaturas todas ansían la manifestación de los hijos de Dios. Porque se ven sujetas a la vanidad, no de grado, sino por causa de Aquél que las puso en tal sujeción, esperando también ellas ser redimidas de esa servidumbre de la corrupción, para participar de la libertad y gloria de los hijos de Dios. Porque sabemos que hasta ahora todas las criaturas están suspirando y como con dolores de parto. Y no solamente ellas, sino también nosotros mismos, que tenemos ya las primicias del Espíritu Santo, suspiramos de lo íntimo del corazón, aguardando el efecto de la adopción de los hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo, en Jesucristo, Señor nuestro.
En aquel tiempo, hallándose Jesús junto al lago de Genesaret, las gentes se agolpaban en torno suyo, ansiosas de oír la Palabra de Dios. En esto vio dos barcas a la orilla del lago, cuyos pescadores habían bajado, y estaban lavando las redes. Subiendo, pues, a una de ellas, que era de Simón, le pidió que la desviase un poco de la orilla. Y sentándose dentro, predicaba desde la barca al numeroso gentío. Acabada la plática, dijo a Simón: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Le replicó Simón Pedro: Maestro, toda la noche hemos estado fatigándonos, y nada hemos cogido. No obstante, fiado en tu palabra, echaré la red. Y habiéndolo hecho, recogieron tan gran cantidad de peces que la red se rompía. Por ello hicieron señas a sus compañeros de la otra barca, de que viniesen a ayudarles. Vinieron luego, y llenaron con tantos peces las dos barcas, que poco faltó para que se hundiesen. Viendo esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús, diciendo: ¡Apártate de mí, Señor que soy un hombre pecador! Y es que el asombro se había apoderado así de él, como de todos los demás que con él estaban, en vista de la pesca que acababan de hacer. Lo mismo sucedía a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo y compañeros de Simón. Entonces dijo Jesús a Simón: No temas; de hoy en adelante serás pescador de hombres. Y ellos, sacando las barcas a tierra, lo dejaron todo y le siguieron.
Aprovechemos las valiosas enseñanzas que Monseñor Fernando Altamira y el Padre Pío Vásquez nos comparten a continuación, con ocasión del Cuarto Domingo después de Pentecostés:
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