‘El mayor número de los católicos adultos se condena’; si esta verdad les asusta, no se pongan en mi contra, pónganse en contra de los teólogos y de los Padres de la Iglesia; ellos grabarán esta verdad en sus corazones con la fuerza de sus palabras’…
…[Y por si fuera poco,] ’Busquen en el Antiguo y Nuevo Testamento, y ustedes encontrarán una multitud de figuras, símbolos y palabras, que señalan claramente esta verdad: Muy pocos se salvan...
...La segunda verdad es sobre la bondad de Dios; den gracias a Él por ella, pues Él solo quiere una cosa: que le entreguen totalmente sus corazones [y que así logren la Salvación]’… San Leonardo de Puerto Mauricio +1751.
El libre albedrío es la libertad que Dios nos da para escoger entre hacer el bien, que nos conduce a la Salvación Eterna, o hacer el mal, que nos lleva a la Condenación Eterna. ¿Cuál es mi elección? Pidámosle a Dios Nuestro Señor la gracia de siempre escoger hacer el bien, es decir, el camino de la Salvación.El siguiente extracto está basado en la prédica de Monseñor Fernando Altamira durante la Santa Misa del Domingo de Septuagésima, y que él a su vez la basó en una homilía de San Leonardo de Puerto Mauricio, titulada, “EL PEQUEÑO NÚMERO DE LOS QUE SE SALVAN”.
Comienza Monseñor: << La enseñanza de este Domingo de Septuagésima es hacernos notar que los seres humanos nos esforzamos, y a veces muchísimo, con duros sacrificios, para alcanzar metas mundanas, metas de este mundo; y poco y nada hacemos esfuerzos para la Salvación [Eterna]. En efecto:
-Algunas de nuestras metas terrenales pueden ser buenas: conseguir un trabajo, ser ascendido, estudiar, lograr un grado, lograr un post grado, lograr un doctorado, trabajar más duro para conseguir una casa para la familia o para obtener una mejor situación [económica]. Esto no tiene nada de malo; pero ¿cuánto esfuerzo ponemos con miras a alcanzar la Salvación Eterna?
-Peor aún: hay personas que ponen esfuerzo para hacer cosas malas, cometer pecados... Esto se da bastante: “Para lo malo, sí; allí todos los esfuerzos: no duermo, estoy cansado e igual sigo, me desvelo, me levanto. En cambio, para lo bueno, para lo de Dios, para ser un buen católico: ah no, allí no, ¡qué me voy a estar levantando! (por ejemplo, para rezar), no hay que esforzarse tanto. Para lo malo sí, para lo bueno no”. Entonces, ¿para la Salvación… qué queda para la Salvación?
-Pero aún si pensamos en las cosas buenas de este mundo: Qué injusticia ante Dios, que no pongamos al menos el mismo empeño (y en realidad tendría que ser mucho mayor) para las cosas de Él y para la Salvación, que el empeño que ponemos para las cosas de la tierra.
¡Cómo somos, Dios mío!>>
<<Esto es lo que enseña la Epístola, hermosísima, de San Pablo, puesta para la Misa de hoy:
“-Hermanos: ¿No sabéis que aquellos que corren en el estadio, todos ciertamente corren, pero uno solo recibe el premio?
-Pues así debéis correr vosotros, de modo que lo alcancéis [se refiere al premio más importante que es la Salvación Eterna].
-Todo el que lucha en la arena -el atleta- [para entrenar, se impone toda clase de privaciones y sacrificios; literalmente dice San Pablo:] se abstiene de todo.
-Y ellos [lo hacen] para tener certeza de alcanzar una corona corruptible;
-pero nosotros [deberíamos hacerlo para alcanzar] una [corona] incorruptible [que se llama Salvación Eterna, Dios; y no lo hacemos; no con esa dedicación].
-Por lo tanto, yo así corro, no como al azar; así lucho, no como golpeando al aire [como haciendo cualquier cosa, o todo al azar];
-sino que castigo mi cuerpo, y lo reduzco a servidumbre: No sea que, habiendo predicado a otros, yo mismo termine siendo condenado [¡qué palabras; y son de un santo: San Pablo!; “yo me esfuerzo, no sea que al final, yo mismo me condene”: ¡Qué palabras!]. (...)>>
<<“Monseñor, yo me voy a salvar, porque yo voy a Misa en latín”. No, señor; la cosa no funciona así; usted no tiene ningún certificado de nada, y si no se esfuerza, no va a alcanzar la Salvación; así como lo dice San Pablo; con ‘su misita en latín y todo’, se va a ir al Infierno.
-Lo dice también la Epístola de hoy al final (“No quiero, hermanos, que olviden que nuestros antepasados estuvieron todos bajo aquella nube y que todos atravesaron el Mar Rojo… Igualmente, todos ellos comieron el mismo alimento espiritual y tomaron la misma bebida espiritual. Porque bebían agua de la roca espiritual… que era Cristo. Sin embargo, la mayoría de ellos no agradó a Dios y por eso sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto”): Todos tenemos nuestra Misa en latín; y como dice la Epístola de hoy, todos comemos del mismo alimento espiritual y tomamos de la misma bebida espiritual: Dios Nuestro Señor Jesucristo, la Santa Comunión. Y todos compartimos estos mismos Sacramentos. Sin embargo, concluye San Pablo: ‘Pero la mayoría de ellos no agradó a Dios’. Pregunto: ¿nosotros agradamos a Dios?
- ¿Cuántos, de entre nosotros, van a alcanzar la Salvación? ¿Nos vamos a salvar, o nos vamos a condenar? Qué tremendo que mientras estamos hablando, Dios sabe lo que nos va a pasar. Da miedo pensar en estas cosas>>.
<<Los santos nos han enseñado que la mayoría se condena. Sí, de entre nosotros los católicos, la mayoría se condena: ¡Qué horror!
-¡Caramba: Yo me puedo condenar; ustedes que me están escuchando ahora, se pueden condenar! Mientras estoy hablando, Dios sabe lo que me va a pasar, y Dios sabe lo que les va a pasar a cada uno de ustedes; Él sabe cómo usaremos la libertad, bien o mal>>.
<<La prédica no la daré yo: la dará San Leonardo de Puerto Mauricio, un santo franciscano muerto en 1751.
-Es una prédica que él hizo en Roma, y cuyo título es ,“El pequeño número de los que se salvan”. Pero él no se refiere a cualquier tipo de personas, él se refiere a los católicos. El Papa de la época, Benedicto XIV, quería mucho a este santo. Por otro lado, para su proceso de canonización (para poder ser declarado santo) fueron revisados, obviamente, todos sus textos en relación con la doctrina católica. (Pío IX lo declara santo en 1867).
-Leeremos un resumen casi literal de lo que dijo el santo. Es sublime… Enseña San Leonardo:
“El tema que trataré hoy es muy grave... ha llenado a los más grandes santos de terror, y ha poblado los desiertos con anacoretas... saber si el número de católicos que se salvan, es mayor o menor al número de católicos que son condenados, y espero que esto pueda producir en ustedes un temor saludable acerca de los juicios de Dios.
(...) Me gustaría ser capaz de afirmar a cada uno de ustedes... ‘es seguro que irás al Paraíso, el mayor número de católicos se salva, tú también te salvarás’. Pero cómo puedo darles esta dulce garantía si los católicos se rebelan contra la Ley de Dios como si fueran sus peores enemigos. Veo en Dios un deseo sincero de salvarlos, pero encuentro en ustedes una inclinación decidida a ser condenados. Si hablo con claridad, yo seré desagradable para ustedes; pero si no hablo con claridad, seré desagradable para Dios. (...)
Para llenarlos de un santo temor, [no hablaré yo, sino que] voy a dejar que los teólogos y los Padres de la Iglesia expresen esta cuestión, y declaren que el mayor número de los católicos adultos son condenados, (y en adoración silenciosa de este terrible misterio, voy a mantener mis sentimientos para mí mismo). [De igual manera] defenderé la bondad de Dios contra los impíos, mostrándoles que los que son condenados, están condenados por su propia culpa y malicia, porque quieren ser condenados, porque no hicieron lo que debían hacer, y libremente pecaron.
‘El mayor número de los católicos adultos se condena’; si esta verdad les asusta, no se pongan en mi contra, pónganse en contra de los teólogos y de los Padres de la Iglesia; ellos grabarán esta verdad en sus corazones con la fuerza de sus palabras.
La segunda verdad es sobre la bondad de Dios; den gracias a Él por ella, pues Él solo quiere una cosa: que le entreguen totalmente sus corazones [y que así logren la Salvación].
Veamos primero la enseñanza de los teólogos y de los Padres de la Iglesia.
(...) Es saludable proclamar desde lo alto del púlpito estas verdades, pues sirven maravillosamente para contener a los libertinos. Los libertinos hablan de la misericordia de Dios y de lo fácil que es salvarse, y viven sumidos en toda clase de pecados, y se quedan dormidos tranquilamente en su camino hacia el Infierno.
Para su desilusión y para despertarlos, veamos la pregunta: ¿Es el número de católicos que se salva mayor, que el número de católicos que se condena?
Para responder la pregunta, veamos lo que nos dicen los Padres de la Iglesia, los teólogos más sabios y la Santa Biblia. No escucharán lo que yo voy a decir -ya les he dicho que yo no quiero hablar por mí mismo-, sino que escucharán lo que estas grandes mentes católicas que nombrábamos quieren decirles, ellos que son faros en la Iglesia de Dios, para que no pierdan el camino del Cielo.
Primero vamos a los teólogos reconocidos:
Dos cardenales sabios, el Cardenal Cayetano [Tomás de Vío OP; maestro general de la orden; + 1534], y San Roberto Belarmino [+1621; Doctor de la Iglesia]; los dos enseñan que el mayor número de adultos católicos son condenados.
El Padre Francisco Suárez SJ [el Doctor Eximius, + 1617]; él después de consultar a todos los teólogos, y de hacer un estudio diligente del asunto, escribió: "El sentir más común que se tiene es que, entre los católicos, hay más almas condenadas [que salvadas]".
En cuanto a los Santos Padres casi todos dicen lo mismo. [La mayoría de los católicos se condena:] este es el sentir de San Teodoro, San Basilio, San Efrén y San Juan Crisóstomo.
Es más, según el Cardenal César Baronio, [el hecho de que la mayoría de los católicos se condena] era opinión común entre los padres griegos; y agregaba que esta verdad fue expresamente revelada a San Simeón Estilita [+ 459]; y que éste, después de tal revelación, para asegurar [que lograría] su Salvación decidió vivir en lo alto de una columna durante cuarenta años, expuesto a la intemperie, [como] modelo de penitencia y de santidad para todos [Card. Baronio, +1607, autor-corrector del Martirologio Romano, y de los Anales Eclesiásticos -12 volúmenes de Historia de la Iglesia-; quien fue declarado Venerable; miembro de la Congregación del Oratorio junto a San Felipe Neri].
San Gregorio Magno (+604) dice claramente: ‘muchos alcanzan la fe, pero pocos llegan hasta el reino celestial’.
San Anselmo (+1109) declara: ‘Hay pocos que se salvan’.
San Agustín (+430) afirma aún más claramente: ‘pocos se salvan en comparación con aquellos que son condenados’.
San Jerónimo (+420) dice: ‘de cien mil personas cuyas vidas han sido malas, apenas una de ellas llega a ser digna de indulgencia [y se salva]’.
Veamos ahora la Sagrada Escritura. ¡Esta resuelve la cuestión con toda claridad!
Busquen en el Antiguo y Nuevo Testamento, y ustedes encontrarán una multitud de figuras, símbolos y palabras, que señalan claramente esta verdad: Muy pocos se salvan.
En tiempo de Noé, la raza humana entera quedó sumergida en el Diluvio, y solo ocho personas fueron salvadas en el Arca. San Pedro dice: ‘Esta arca, es la figura de la Iglesia’; y San Agustín añade: ‘las ocho personas que se salvaron [en el Arca] significa que se salvan muy pocos católicos, porque son muy pocos los que sinceramente renuncian al mundo...’.
La Biblia también nos dice que solo cuatro escaparon al fuego de Sodoma y de las otras ciudades. Todo esto significa que el número de los condenados que serán arrojados al fuego es mucho mayor que el de los salvados.
Escuchemos ahora a Dios Nuestro Señor Jesucristo.
Qué respondió Nuestro Señor a aquel hombre curioso que en el Evangelio le preguntó: ‘Señor, ¿son pocos los que se salvan?’. ¿Nuestro Señor guardó silencio? ¿Respondió Él con dificultad? ¿Ocultó su pensamiento por temor a asustar a la gente? No. Y les dice: ‘¿Ustedes me preguntan si solo unos pocos se salvan? He aquí mi respuesta:
Esforzaos por entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, tratarán de entrar y no podrán’.
El que habla es el Hijo de Dios, la Verdad Eterna.
En otra ocasión, Dios Nuestro Señor Jesucristo dice aún más claramente: ‘Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos’; lo que significa, como San Gregorio explica, que, de todos los hombres, muchos son los llamados a la verdadera religión, pero pocos de ellos se salvan.
Hermanos, éstas son las palabras de Dios mismo, ¿son claras?, ¿son verdaderas? Díganme ahora cómo es posible que ustedes tengan Fe en su corazón y no tiemblen, [y sigan sin cambiar sus vidas].
Vamos a aplicar esta verdad a varios estados o tipos de vida, y ustedes comprenderán que el mayor número de católicos se condena.
¿Hay algún estado en el mundo más favorable a la inocencia (en la que la Salvación parece más fácil, y del cual la gente tiene una idea más elevada) que la vida de los sacerdotes, los lugartenientes de Dios?
A primera vista, quién no creería que la mayoría de ellos no solo son buenos, sino incluso santos; sin embargo, estoy horrorizado [atención que está hablando un sacerdote y santo: San Leonardo]; estoy horrorizado cuando escucho a San Jerónimo (+ 420) declarar que, aunque el mundo está lleno de sacerdotes, apenas uno de cada cien está viviendo en una manera conforme con su estado [qué diría hoy San Jerónimo si estuviese vivo].
Otro siervo de Dios dice que ha aprendido por revelación que el número de sacerdotes que cada día cae en el Infierno es tan grande, que le parece imposible que quede alguno en la tierra. Después oigo a San Juan Crisóstomo (+ 407) exclamando con lágrimas en los ojos, ‘no creo que se salven muchos sacerdotes; yo creo lo contrario, que el número de los [sacerdotes] que son condenados es mayor’ [¡muy grave advertencia entonces para todos nosotros, sacerdotes y obispos!].
Miremos aún más alto, y miremos a los prelados de la Santa Iglesia, los pastores [obispos] que tienen a su cargo las almas. ¿Es el número de los que se salvan entre ellos mayor, que el número de los que son condenados?
Escuchen a Fray Tomás de Cantimpré OP [+ 1270, alumno de San Alberto Magno, contemporáneo de Santo Tomás]; él les dirá un hecho a ustedes, y ustedes podrán sacar las conclusiones: Hubo un sínodo que se celebró en París, y un gran número de obispos y sacerdotes que tenían a cargo las almas estuvieron presentes; el rey y los príncipes también fueron para añadir lustre a esta asamblea; un famoso predicador fue invitado, y mientras estaba preparando su sermón, un horrible demonio se le apareció y le dijo: ‘Pon tus libros a un lado. Si quieres dar un sermón que será útil para los príncipes y prelados, alégrate con decirles esto de nuestra parte: Nosotros, los demonios de las tinieblas, les agradecemos, príncipes, prelados y pastores de almas, pues debido a su negligencia, la mayor parte de los fieles son condenados; además, estamos guardándoles una recompensa para ustedes por este favor... cuando ustedes estén con nosotros en el Infierno’. ¡Ay de vosotros que tenéis autoridad, vosotros que recibís de Dios el poder de mandar! Si tantos otros son condenados por vuestra culpa, ¿qué va a pasar con vosotros? Si pocos de los que son príncipes en la Iglesia de Dios se salvan, ¿qué va a pasar con vosotros?
Tomemos ahora todos los estados, ambos sexos, todas las condiciones: maridos, esposas, viudas, mujeres jóvenes, hombres jóvenes, soldados, comerciantes, artesanos, pobres y ricos, nobles y plebeyos, ancianos. ¿Qué podemos decir acerca de todas estas personas?
El siguiente relato de San Vicente Ferrer (+1419) les mostrará lo que ustedes pueden pensar de ello. San Vicente Ferrer relata que un archidiácono en Lyon renunció a su cargo, y se retiró a un lugar desierto para hacer penitencia; finalmente murió, y murió el mismo día y hora que San Bernardo (+1153). Después de su muerte, se apareció a su obispo y le dijo: ‘Sabe, Monseñor, que en el mismo momento en que yo morí, treinta y tres mil personas también murieron. De esta cifra, Bernardo y yo fuimos al Cielo sin demora, tres se fueron al Purgatorio, y todos los demás cayeron en el Infierno’.
Ahora entre nosotros, los Franciscanos: Nuestras crónicas relatan un suceso aún más terrible. Uno de nuestros Hermanos, bien conocido por su doctrina y santidad, estaba predicando en Alemania. Él representó la fealdad del pecado de impureza tan fuertemente, que una mujer cayó muerta de tristeza en frente de todos. Pero, volviendo ella a la vida, dijo, ‘cuando me presenté ante el Tribunal de Dios, sesenta mil personas llegaron al mismo tiempo de todas partes del mundo; de este número, tres fueron salvadas para ir al Purgatorio, y el resto fueron condenadas’.
¡Oh abismo de los juicios de Dios! ¡De treinta mil, sólo cinco se salvaron! ¡De sesenta mil, sólo tres se fueron al Purgatoria para la Salvación! Ustedes, pecadores que me están escuchando, cuando os toque morir, ¿en qué categoría vais a ser enumerados?... ¿Qué dicen?... ¿Qué piensan?... Veo a casi todos ustedes bajar la cabeza, llenos de asombro y horror. Pero vamos a poner nuestro estupor a un lado, y en lugar de halagarnos a nosotros mismos, vamos a tratar de sacar algún provecho de nuestro miedo.
Veamos:
¿Cuántos trabajadores son totalmente honestos y fieles en sus trabajos? ¿Cuántos comerciantes son justos y equitativos en su comercio? ¿Cuántos artesanos exactos y veraces; cuántos vendedores son sinceros? ¿Cuántos hombres de la ley se mantienen en la equidad? ¿Cuántos soldados se abstienen de pisar al inocente? ¿Cuántos patrones se abstienen de retener injustamente el salario de quienes les trabajan? En todas partes, los buenos son raros y los malos en gran número.
¿Quién no sabe que hoy en día hay tanto libertinaje entre los hombres, libertad para el pecado entre las jóvenes, vanidad en las mujeres, libertinaje en la nobleza, corrupción en la clase media, costumbres disolutas en el pueblo, descaro entre los pobres?; uno podría decir lo que David dijo de su época: ‘Todos por igual se han ido por el mal camino... no hay ni siquiera uno que haga el bien, ni siquiera uno’. Vayan a la calle y a la plaza, al palacio y a una casa sencilla, a la ciudad y al campo, al tribunal... e incluso al templo de Dios: ¿dónde se encuentra la virtud? ‘¡Ay! grita Salviano (+ 470), salvo por un número muy pequeño que huye del mal, la reunión de los católicos no es sino un sumidero de vicio’ [pues así somos los católicos, más no deberíamos ser así]. Todo lo que podemos encontrar en todas partes es el egoísmo, la ambición, la gula, el lujo, la lujuria. ¿No es mayor la proporción de hombres contaminados por el vicio de la impureza; ¿y no está San Juan correcto al decir, ‘el mundo entero se encuentra asentado en la maldad"? El mayor número de los católicos adultos se condena>>.
Hasta aquí el fragmento de la prédica del santo, que queríamos compartirles>>.
<<Nos toca hacer una conclusión abrupta. Piensen en estas cosas tan serias: la condenación eterna.
Las palabras finales del Santo son hermosísimas; llenas de catolicismo: “El que se condena es por su culpa, por el pecado mortal que quiere hacer; y siempre, con la gracia, podemos Salvarnos”.
Finalmente, citemos a San Alfonso María de Ligorio y su librito: “El que reza se salva, y el que no reza se condena”. El título es a la vez una frase muy sencilla, muy categórica.
-Y agregamos: Recemos el Santo Rosario. ¡El Santo Rosario, caramba; cada día, cada día sin excepción; el hacerlo de esta forma lleva al Cielo!; y ¡varios fieles son tan cabeza dura que no lo rezan, o no lo rezan todos los días!...
AVE MARÍA PURÍSIMA>>.
A continuación escuchemos de viva voz a Monseñor Fernando Altamira, en la homilía completa, “EL PEQUEÑO NÚMERO DE LOS QUE SE SALVAN”.
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